La mente consciente: el misterio como creación

La mente consciente: el misterio como creación.

A lo largo de gran parte de mi vida la mente me ha preocupado siempre por el elemento de misterio que conlleva, que será el que determine el desarrollo de la idea que tengo de creatividad.
A la mente la he relacionado con los gurús de la cultura oriental por el control que ejercitan sobre ella y a los logros obtenidos a partir de su desarrollo, que siempre he considerado extraordinarios e importantísimos, pero ajenos no solamente a mi comprensión, sino también a mi cultura, entendiendo cultura como el compendio de mis vivencias y de mi pertenencia por generaciones a un ámbito específico.
Atribuyo esta disposición mía a que soy un producto intelectual y sensible del período de la Ilustración, la que ha determinado el paradigma mundial actual, y que ha condicionado el desarrollo del paradigma “Sensible de comunicación instantánea” en el que estamos inmersos según mi ensayo La práctica del Arte Concreto.
Comenzando con la interrogante de la naturaleza misma de la conciencia me remito a Antonio Damasio en su libro Y el cerebro creó al hombre en el que expresa: “La conciencia es lo que le permite a uno darse cuenta de sí mismo y de los demás. Depende de la mente y del proceso consciente. Implica al lenguaje y a la memoria”, y más adelante subraya al pensamiento abstracto como uno de sus atributos más importantes.
Quiero resaltar que ya no hablamos de dónde está situada la mente. Ya no estamos inmersos en las discusiones bizantinas de dónde reside el alma, o de cuántos espíritus caben en la cabeza de un alfiler. Estamos indagando en la esencia de la naturaleza del ser consciente, que es el ser humano. Ahora podemos hablar de cómo ejercitar esa capacidad y de cómo utilizarla más convenientemente. Entramos en el ámbito de sistemas y procesos.
Cuando nos percatamos de nosotros mismos y utilizamos la memoria y el lenguaje podemos indagar en lo más recóndito de nuestro ser, las interrogantes que han acuciado al ser humano desde siempre, tales como conocer nuestra procedencia y hacia donde nos dirigimos.
Sin ninguna duda estamos en la especulación intelectual filosófica pura y dura, pero cuando clasificamos los datos que recabamos de nuestro quehacer diario y los organizamos en órdenes y elementos diferenciales, nos adentramos en el ámbito científico como la química, la física o las ciencias naturales, naturalmente tomando como base las matemáticas, disciplina que llegó a ser considerada religión por Pitágoras y que demuestra la capacidad de abstracción expresada en signos de la mente humana.
En el límite de nuestras preocupaciones más íntimas e importantes nos planteamos la necesidad sensible y casi física, de la inmanencia de un ser con el cual estamos unidos y nos comunicamos, ya sea uno o más Dioses, y que nos ayuda y guía. En este caso estamos inmersos en una síntesis inmaterial y sobrenatural de los problemas inherentes a la religión, dentro de la cual buscamos las respuestas que nos acucian y que nos son necesarias para continuar en nuestro diario quehacer.
La presencia del otro nos produce emociones complejas, que son las que se originan por la combinación o transformación de otras más básicas y, que al fin y al cabo, son las que nos definen como especie, posiblemente más y mejor que la inteligencia. Nos referimos a emociones que posteriormente se convertirán en sentimientos y nos acompañarán de por vida. En este sentido y, según Juan Luis Arsuaga y Manuel Martín-Loeches en su libro El sello indeleble, a través de nuestros nuevos órganos que son extrasomáticos podemos catalogar a la culpa, la vergüenza, el orgullo, el odio, la envidia, el amor, la admiración, la humillación, los remordimientos, el miedo al rechazo, el deseo de venganza, la pasión y otros más difíciles de clasificar.
Está muy claro que aún siendo nuestra mente individual, sus principales gozos y sufrimientos dependen de las mentes de los demás, y es aquí donde entramos en el ámbito de la ética, que es un tema muy controvertido y tratado exhaustivamente a través del tiempo, y del cual asumo como válida la definición que Humberto Maturana y Francisco Varela hacen de ella en su libro El árbol del conocimiento: “Todo acto humano tiene lugar en el lenguaje. Todo acto en el lenguaje trae a la mano el mundo que se crea con otros en el acto de convivencia que da origen a lo humano; por esto todo acto humano tiene sentido ético. Este amarre de lo humano a lo humano es, en último término, el fundamento de toda ética como reflexión sobre la legitimidad de la presencia del otro”.
Es dentro de esta idea en la que encuadro a la actividad artística, que es una síntesis de nuestras emociones unidas a una interiorización profunda producida por nuestra intuición, conectada íntimamente a la creatividad que se expresa en el arte según el grado de sensibilización del artista, y que para Malevich es una mezcla entre la razón y el sentimiento. Conecta con lo extrasensorial que denominamos “misterio” y, en la práctica disciplinada y continuada de su profesión, el artista ejecuta sus obras con las herramientas de que dispone y las ofrece a la sociedad con el fin de influir en el incremento de la conciencia de los receptores, no buscando respuestas sino encauzando esa corriente de energía en una dirección positiva.

Waldo Balart.



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