Del Carrer d’Avinyó a Les Demoiselles d’Avignón.
Cuando Pablo Picasso
enseñó por primera vez a sus amigos el cuadro que más tarde se
conocería con el título de Las Señoritas de Avignón, todos
ellos quedaron escandalizados. Y no podía ser menos, aun teniendo en
cuenta que ese círculo de amigos lo integraba la vanguardia
artística de París.
El cuadro presentado
aquella tarde, rompía violentamente los esquemas mentales en los que
se venía sustentado el arte desde hacía más de cuatrocientos años.
Desde que el descubrimiento de la perspectiva permitió a los
pintores reflejar la realidad de un modo convincente.
Así pues, los allí
reunidos no podían dar crédito a lo que veían. Guillaume
Apollinaire y André Salmon estaban tan desconcertados que no sabían
que decir y lo mismo les había sucedido a los hermanos Stein; todos
ellos pensaban que Picasso estaba acabado como pintor. Braque,
alterado por aquella visión; pidió a Picasso que le explicase el
motivo de tanta tosquedad, preguntó el por qué de aquellas
formas angulares y desarticuladas y después de un cruce de palabras
entre ambos pintores, agarró con fuerza a Picasso por un brazo y le
dijo airadamente: “¡Escucha. Por más explicaciones que des, tu
pintura es como si nos quisieras hacer comer estopa o beber petróleo
para escupir fuego!”1.
A raíz de este
episodio en Montmartre corrió la voz de que Pablo se había vuelto
loco y Derain que ya había vaticinado el suicidio artístico del
pintor comentaba con frecuencia a sus conocidos que un día verían a
Pablo ahorcado detrás de su cuadro.
Por su parte,
Matisse consideraba el cuadro como una provocación de Picasso, creía
que había sido hecho con la intención de ridiculizar la pintura
moderna y juró que de alguna manera se lo haría pagar.
Muchos años más
tarde, John Berger, en el libro titulado The Success and Failure
of Picasso, publicado en 1965, dice lo siguiente: “Aturdidos
por la insolencia de tanto arte reciente, probablemente tendemos a
no prestar atención a la brutalidad de Demoiselles d’ Avignon
[...]. Las dislocaciones en esta pintura son resultado de una
agresión, no de una estética: es lo más próximo al ultraje a que
se puede llegar en una pintura”.
Es
cierto que el cuadro de Las señoritas de Avignon, tiene una
presencia tosca, rudimentaria, eso nadie lo pone en duda, pero a su
vez es un cuadro novedoso e intencionadamente provocador, pintado con
la intención de producir cambios en el mundo del arte.
Si
dejamos a un lado conceptos como fealdad y belleza, tenemos que
admitir que el cuadro tiene la categoría de una gran obra de arte, y
esto es así, porque las obras de arte no son consecuencia como
muchos pueden creer, del correcto dominio de la técnica ni del
oficio bien aprendido. Para que surja una gran obra se requiere algo
más; se requiere que en esa obra aflore un cierto tipo de belleza
que nada tiene que ver con la aplicación de determinados cánones de
medidas, sino con la que surge de aplicar “la
imaginación libre que inventa una conexión inédita entre el
entendimiento y la sensibilidad, entre el espíritu y la naturaleza
[...] y que nos ayuda a ver de una manera nueva lo que ya conocíamos,
nos invita a descubrir una conexión, una regla que modifica no las
cosas, sino nuestra percepción de las cosas y, por tanto que nos
modifica a nosotros mismos”2.
La importancia de
este cuadro radica en las novedades que plantea. En él, toda la
escena se desarrolla en un plano frontal que integra las figuras y el
espacio en un todo. Al convertir el espacio en una forma dinámica,
éste deja de ser un contenedor de sucesos y adquiere presencia
objetual, se convierte en un suceso más. El espacio que rodea a las
figuras tiene una presencia tan activa como las figuras mismas. Como
consecuencia de esa bidimensionalidad, se da en la obra otro aspecto
novedoso: se muestran al espectador partes de los cuerpos que solo
podrían verse girando en torno a las figuras representadas y se
presentan esos fragmentos, todos ellos a la vez en un plano frontal.
Es esta una
innovación importante para el arte, pues supone pintar además de lo
que se ve, lo que se sabe de lo que se ve; o lo que es lo mismo,
pintar el concepto de las cosas, lo que sabemos de ellas.
Simplificando mucho, podríamos decir que hasta ese momento el pintor
llevaba a la tela lo que veía del siguiente modo: naturaleza-ojo,
ojo-mano y mano-tela; la propuesta de Picasso era intercalar un paso
más en ese recorrido figurado: naturaleza-ojo, ojo-mente,
mente-mano y mano tela. Con esa propuesta, con ese añadido
fundamental, o refuerzo, la pintura adquiría un fuerte componente
mental. Lo expresó muy bien Braque en una de sus escasas
declaraciones, cuando le dijo al entrevistador que “su interés
se centraba en la realidad; pero era una realidad mental, no de los
sentidos”.
Cuando el concepto
modificó la representación de lo visto, el arte consiguió
liberarse de viejas ataduras y esa idea transgresora tan difícil de
aceptar al principio, en breve espacio de tiempo ganó multitud de
adeptos, los cuales con sus obras, convirtieron el siglo veinte en
uno de los más creativos de la historia de la humanidad.
Hagamos ahora un
pequeño recorrido por la génesis del cuadro.
Desde
finales del año 1905, Picasso se había planteado hacer cambios en
su pintura, pero pretendía algo más, pretendía liderar el arte
moderno, apoderarse del liderazgo que hasta ese momento ostentaba
Matisse. Para ello necesitaba crear una obra que actuase como un
revulsivo en el mundo del arte. A pesar de que en esa época era un
artista aceptado y respetado por la vanguardia artística parisina,
anímicamente no atravesaba por un buen momento. Consideraba su
pintura de la época azul y rosa inadecuada para su carácter,
demasiado sensiblera, y eso no le complacía. Durante el año 1906 se
entrega de lleno a experimentar con su trabajo. En el Salón de los
Independientes había visto la obra de los fauvistas y conoce
su revolucionaria teoría del color. En casa de Gertrude Stein le
habían presentado a los dos máximos representantes de esa
tendencia, Henri Matisse y a André Derain, y en el Salón de Otoño
pudo ver una selección de cuadros de Cézanne y estudiar su
particular manera de utilizar el color con independencia de la forma.
También había visto en la primavera de ese año, en el Louvre, la
exposición de esculturas ibéricas de los siglos IV y V encontradas
en Osuna, que le produjeron un gran impacto por su expresividad y por
la síntesis de sus formas, según él le confió a Zervos, muchos
años después.
A partir del año
1906, después de haber pintado varios desnudos femeninos: Dos
mujeres desnudas, Mujer desnuda sobre fondo rojo y algún otro
cuadro como Retrato de Gertrude Stein y dos pequeños
autorretratos entre otras obras, su pintura no volverá a ser la
misma; a partir de este momento no habrá concesiones al preciosismo,
Picasso ya solo se interesará por los aspectos formales de la obra.
Picasso quiso atacar
la tradición académica, y prefirió hacerlo desde dentro, empleando
el gran conocimiento que tenía de la pintura. No olvidemos que con
solo 16 años, su cuadro Ciencia y Caridad, había obtenido
gran reconocimiento; primero, en la Exposición General de Arte de
Madrid, recibió una mención de honor oficial, y más tarde fue
galardonado con una medalla de oro en Málaga, su ciudad natal.
Para facilitar su
investigación decide centrarse en el tema del desnudo femenino, tema
que formalmente dominaba por sus estudios académicos al ser este un
ejercicio habitual en las escuelas de Bellas Artes, y porque desde
finales de 1905 los desnudos femeninos habían sido el tema central
de su trabajo. También decide simplificar el uso del color.
Su
pretensión inicial era pintar un cuadro alegórico similar a La
vida, pintado en el año
1903, pero en este caso la obra debería recoger todo su proceso
experimental de los meses anteriores. La escena pensaba situarla en
un prostíbulo. Con este fin, a su regreso de España, entre el
otoño de 1906 y el mes de julio de 1907 realizó no menos de 809
bocetos, lo que convierte al cuadro posteriormente titulado Les
Demoiselles d’Avignon,
en la obra hasta ahora conocida, con el mayor número de estudios
previos realizados. En marzo de 1907 dio por terminada la primera
composición general; un dibujo a lápiz y pastel, en el que aparecen
siete figuras en un burdel. Posteriormente, esta composición
sufriría grandes modificaciones, tanto en la forma como en el
contenido. Esa larga serie de dibujos, nos permite seguir la
evolución de la idea de Picasso, el proceso de síntesis llevado a
cabo. En los primeros dibujos, podemos ver como las cinco prostitutas
están en presencia de un marinero y un estudiante que porta una
calavera y como, poco a poco, esa escena inicial con intenciones
simbolistas, lo que podríamos considerar como un memento morí
o recordatorio de la muerte, se va depurando hasta quedar convertida
en una escena exclusivamente formalista. Como, el contenido con carga
literaria, a medida que se abandonan los aspectos narrativos, se va
integrando en la expresividad de la forma, convirtiéndose ésta, la
forma, en la única generadora de sentido.
En la primavera del
año 1907 Picasso está trabajando por fin en su estudio del Bateau
Lavoir en un cuadro distinto a todos los que hasta entonces se habían
hecho. En la tela aparecen cinco mujeres desnudas pintadas como si
estuviesen talladas, de modo tosco, con cabezas monstruosas, de
grandes ojos vacíos y formas desencajadas. Lleva meses volcado en
ese cuadro, que bien pudiera ser una respuesta al cuadro Bonheur
de Vivre de Matisse, pero mientras éste había recurrido para
sus investigaciones a la tradición europea del arte, Picasso se
acercó al arte primitivo. Nunca ocultó su interés por la escultura
ibérica, en cambio siempre, en contra de lo que parece ser, negó la
influencia de la escultura africana. La crítica habla también de
ciertos paralelismos con la escultura egipcia, la pintura románica,
y la obra de El Greco y Cezanne entre otros.
Sea cual sea la
realidad, finalmente Picasso cortó de modo brusco con su pintura
anterior y puso toda su energía y empeño en la búsqueda de
territorios novedosos que pudiesen enriquecer el mundo del arte. Él
solo, sin nadie a quien poder acudir en solicitud de ayuda para esa
dificultosa y gran aventura en que se había metido.
Picasso le contaba a
Zervos en el año 1935: “¿Cómo quiere usted que el espectador
viva mi cuadro igual que lo he vivido yo? Una pintura viene de muy
lejos. ¡Quién sabe de dónde, de cómo de lejos! Yo lo he intuido,
lo he visto, lo he realizado y, sin embargo, al día siguiente ni yo
mismo veo lo que he hecho. ¿Quién puede penetrar en mis sueños, en
mis instintos, en mis deseos que han tardado mucho tiempo en
elaborarse y producirse un día, sobre todo para captar lo que he
puesto quizá contra mi voluntad? Yo tenía resuelta la mitad del
cuadro y sentía que ¡no era eso! Hice la otra parte y me pregunté
si no debía rehacerlo todo. Luego me dije: No; ya se comprenderá
lo que yo quería hacer”.
Y se comprendió
hasta el extremo de que supuso el inicio de uno de los movimientos
más importantes de la historia del arte: el cubismo.
La
visita de aquella tarde al taller de Pablo Picasso, dejó una fuerte
huella en todos los que allí estuvieron, sobre todo en Braque, quien
poco tiempo después, decide abandonar la pintura fauvista con
la que había tenido tanto éxito en el Salón de los Independientes
y comenzó a trabajar de un modo muy diferente en un desnudo
femenino en el que se puede apreciar de modo muy claro las
influencias recibidas. A partir de ese momento las influencias entre
los dos artistas fueron recíprocas lo cual expresa muy bien Braque
al decir que eran “como dos montañeros en la misma cordada”.
Notas:
- Pierre Cabanne: El siglo de Picasso. Volumen nº1. El nacimiento del cubismo. Ministerio de Cultura. 1982. Pag 264.
- José Luis Pardo: “Crear de la nada”. Texto publicado en “El oficio del artista”. Consejería de Educación y Cultura de la Junta de Castilla y León. 1998. Pag. 103.

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