Soliloquio de una mujer con su soledad

Soliloquio de una mujer con su soledad.

(Tragicomedia en un acto y siete minutos de duración).

-A Don De Lillo-

“Ella” -la soledad de una mujer más que madura- se rebullía incómodamente en los espacios, ya interiores o exteriores, como si el aire tuviera dobleces y bultos y despliegues. Su compañera la vio entrar en la casa con gesto furtivo, arrastrando levemente los pies. Quizá temía levitar. No podía dejar de mirarla.
Con ella era siempre como si. La veía hacer esto o lo otro como si. Necesitaba una referencia externa, una mimesis realista, para poder situarla…
En su habitación, Ofelia descalza y con el pelo recogido por un pañuelo como si fuera una proletaria estajanovista fumaba sentada en un sofá de gastados terciopelos. Sin música y con las cortinas entreabiertas, la luz cansada de la tarde aún se reflejaba en franjas de humo sobre una litografía de la habitación de Van Gogh que hacía que el silencio fuera más apabullante, que el espacio adquiriera una topología incomprensible…
“Ella”, como si fuera un hombre, se concentró en su evanescencia; no obstante preguntó cortésmente: “¿me necesitas?”
- Con mirarte a mi lado, en mi vida íntima, me basta.
- Sí, para nosotras mirar las cosas a nuestro alrededor es suficiente: somos esencialmente estereoscópicas... La realidad nos chifla, todo nos llama la atención, mejor dicho nos distrae - dijo “Ella” con resignación.
- Estamos bien así. Después de una jornada laboral no necesito a nadie más fuera de mi misma, ni siquiera al supuesto ser de mi existencia (o voz de la conciencia de mi fuero interno…).
- Yo soy alguien ¿eh? No una voz tuya.
- Desde que Filipo nos dejó, estamos serenas…
- Tú lo dejaste. A mi nadie me deja porque nadie me adopta - dijo “Ella” musitando. Pero con voz articulada añadió:
- ¿Por qué trabajas tanto y, lo que es peor, lo anuncias con trompetas?
- Para competir y ofrecer una imagen de plena autonomía, de dominio...
- ¿Con los hombres, ante los hombres?
- No, ellos ya no compiten… Están inhibidos y perplejos.
- ¿Dónde ha quedado vuestra solidaridad feminista? - dijo “Ella” con retintín.
- Para ver mundo sólo se necesita un nivel de vida y un poco de autocontrol mental. Por fortuna, ya tenemos más libros de autoayuda que psicoanalistas.
- El mundo, tal que los hombres, es igual en todas partes, sobre todo desde que cayó el muro de Berlín y vivimos en la época de la información instantánea.
- Sí, pero qué si no lo recorremos, lo fotografiamos y lo recordamos… ¡Nada!
- Nada no, lo transformamos, como quería la dichosa undécima tesis de Marx sobre Feuerbach. Aunque era un machista, en dicha tesis expresó su lado femenino - dijo “Ella” como si en realidad fuera una tercera persona…
- La revolución ya la intentamos en los sesenta, setenta. Salimos más quemadas que folladas - dijo Ofelia decepcionada.
- No me refiero a esa transformación. La realidad no es sólo la realidad, sino un haz variable de percepciones, de azarosas aproximaciones sucesivas… - dijo “Ella” como si hubiera estudiado la filosofía de Hume.
- La realidad es la que nos transforma, la carne es triste, por ejemplo y las novelas decimonónicas nos encantan - dijo Ofelia, realista.
- ¡No! Mujeres del mundo, del perentorio maternalismo dialéctico: los hijos y los varones no os ven, no admiran vuestra gesta de empoderamiento. Abusan de vosotras, pero no os ven. Sois las partículas elementales más invisibles que movéis el mundo pero sin transformarlo… - dijo “Ella” como si fuera un varón resentido (o mejor, un misógino feminista).
- ¡Ya estamos más solas que la una mi querida soledad!
- Es la mejor manera de transformar el mundo a nuestro gusto. Tocarlo sin que nos dañe, estar al unísono con su armonía… De erotizarlo con percepciones estéticas ardua y lentamente construidas con inteligencia abstracta…
- ¿Pero cómo?
- Dejando de ser sólo mujeres, sólo cuerpos humanos olvidadizos extraviados entre las cosas, con prótesis cyborgianas, con imaginación ambigua… de persona y loba a la vez… - dijo “Ella” como si hubiera sido capaz de leer a Donna Haraway.
- Pero, una vez más ¿cómo?
- Siendo máquinas de producción mental, de metáforas estéticas, para transformar las cosas a nuestro gusto (incluso los varones que laten en nosotras).

Ofelia dio la última calada a su cigarrillo y desplazó la corriente sonámbula de su conciencia hasta donde su mirada perdida se fijó: “…no sé si seré capaz un día de pintarme las uñas de los pies en mi época ni siquiera nos hacíamos la pedicura sólo en la Lolita de Kubrick vimos lo que ahora hacen todas las adolescentes me refiero a pintarse las uñas de los pies eh no a provocar a sus tutores aunque las ninfas son sólo sueños de los hombres me hubiera gustado ser una nínfula con las uñas de los pies pintadas nada que ver con las fulanas eh… ser un ente de ficción en la mente cochambrosa de los hombres… la provocación íntima de su deseo solitario el fantasma constante de su lúbrico y único entendimiento agente… nada más… nada menos…” (en)F I N.

Jaime Vilchis.



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